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MUNDO LOCO

  • 21 nov 2020
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 22 feb 2021

Es lo que dijo la Queca en el apartamento de al lado. Fue lo que escuchó Brausen de forma reiterada del otro lado de la pared, antes de ser Arce, antes de ser Díaz Grey o mientras lo pergeñaba, antes de ser otro. Mundo loco, incierto y de seres condenados al fracaso, es el que concibió Onetti en La vida breve, y se fue a refugiar a Santa María, en una huida inútil porque ninguno pudo escapar a su soledad, al derrumbe de sus sueños.

Santa María, una ciudad imaginada en una noche de tormenta de Santa Rosa e incendiada muchos años después en otra noche de Santa Rosa. Onettti, además, no conforme con eso, le alquiló alguna vez al propio Brausen la mitad de su oficina, como una burla para incrédulos, para todos nosotros, para sí mismo.


Pero él supo algo que lo redimiría de toda podredumbre, de toda degradación: que solo se salvaría escribiendo. Y así lo hizo hasta el final. Un día de mayo decidió abandonar todo e irse para siempre de este mundo, de Santa María, justo un treinta, no un treinta y uno, un treinta, y nos dejó solos, perdidos, buscando la redención en cualquier acto creador que pudiera justificarnos. Se me hace que fue su último gesto liberador y para quitarse de encima cualquier responsabilidad. ¡Vaya a saber! Me quedo, y me alcanza, con lo que una vez me dijo: “Hay que escribir mucho para aclarar los por qué”. Aunque sé, porque también lo estuvo diciendo siempre de una forma u otra, desde El Pozo hasta Cuando ya no importe, hasta que me entró en la sesera, que no hay respuestas.


He hablado bastante sobre esto con Díaz Grey, con Larsen y con el mismo Brausen, de cómo empezó todo en su apartamento de Buenos Aires junto al pecho cortado de Gertrudis, mientras la tormenta se iba formando como un presagio de que algo iba a ocurrir de pronto y él podría salvarse, hasta que su imaginación gestó el nacimiento de la ciudad mítica y de nuestras vidas breves.


Ahora que él ya no está, cuando menos en cuerpo, cuando cada tanto nos convoca la necesidad de lamernos las cicatrices, nos juntamos en un boliche del bajo de Montevideo donde Onetti descubrió a Junta (Juntacadáveres) y supo que sería Larsen. En ocasiones, cuando ya estamos borrachos y el alcohol nos enturbia el alma, Brausen, que alguna vez nos confesó haber ensayado a ser Dios, suele soltar cosas que sólo él sabe de Onetti, de sus obsesiones y fracasos, de su búsqueda de amor y comunicación siempre frustrados, de su rabiosa insistencia por inventar su propio mundo como una manera de hacerle frente al sinsentido de la vida. Hemos hablado, con la nostalgia que suele dejar la lejanía, de su afición al juego, la farsa y la mentira para lograr sus objetivos. Pero, también, pudimos reconocer que fue justamente en el desgarro del acto creador que encontró su salvación.





 
 
 

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